Artículo publicado en el Diari de Sabadell, el sábado 26 de enero de 2013

La aparición del caso Bárcenas, conforme el anterior tesorero del PP tenía 22 millones de euros en cuentas bancarias en Suiza, ha provocado un escándalo político mayúsculo. La noticia se suma a la publicación de diversas encuestas, en las que la ciudadanía española expresa de forma muy mayoritaria su opinión de que el conjunto de la clase política es corrupta. Incluso se asigna al sector de los políticos los mayores grados de corrupción en el país, muy por encima de empresas, de entidades financieras, etc. De ahí se extrae una identificación generalizada del mundo de la política con la corrupción, una identificación verdaderamente injusta porque toda generalización es por definición injusta. El número de políticos corruptos reales y confesos es bajísimo en comparación con la mayoría. Político es el presidente del gobierno pero también es político el concejal o la concejala de un pequeño pueblo, que cobra una miseria, a pesar de las obligaciones y responsabilidades de su cargo. Aun así, es humano creer que todas las manzanas de una cesta están podridas, si lo más visible de un cesto son dos manzanas podridas. Y las de debajo, a pesar de ser buenas, están un poco majadas. Pero la mayoría del cesto son manzanas buenas.

Una realidad que tampoco podemos obviar es que no hay corruptos sin corruptores. Para caer en una tentación, antes alguien debe plantear esa tentación. Es mucho más fácil públicamente pasar cuentas a los políticos, porque éstos cargan con un mayor descrédito, a pesar de que en el mundo empresarial y en el mundo financiero no faltan ejemplos de abusos y corruptelas de todo tipo. Si se considera abusivo el sueldo de los políticos (cuando raramente superan los 100.000 euros brutos anuales en España), cuando se conocen los sueldos millonarios de banqueros y sus jubilaciones doradas (de hasta más de 60 millones de euros), quizá sea necesario pararse a reflexionar. Si bien es cierto que hay un distanciamiento y una crítica generalizada contra el mundo político, no deberíamos olvidar el conflicto de clases, entre ricos y el resto de la población. Unos ricos que, no lo olvidemos, encuentran en España un paraíso en comparación con el resto de países de la Unión Europea, dato que es donde pagan menos impuestos por sus ingresos y por sus patrimonios.

De todas maneras, el mundo político catalán y español tiene ante sí una percepción ciudadana negativa que hay que combatir. Y no vale decir que sólo es tema de algunos partidos, sean los grandes o los de derechas. Parafraseando el evangelio de San Juan (capítulo 8, versículo 7), quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Nadie se libre de tener algún pecado, y no tienen porque ser necesariamente de corrupción económica, sino simplemente de mal funcionamiento democrático o de falta de transparencia.

Ante esta realidad, es necesaria una profunda regeneración democrática. Y esta regeneración no puede consistir solamente en poner auditores e inspectores de hacienda a repasar las cuentas de los partidos políticos. Ni tampoco puede pasar solamente por modificar el sistema de financiación de los partidos políticos. La regeneración democrática pasa por cambiar en profundidad el sistema electoral actual, abriéndolo mucho más, con elecciones primarias a todos los niveles, con listas abiertas, con sistemas de representación unipersonal y territorial (un diputado o una diputada, un concejal o una concejala por distrito, por ejemplo), y que faciliten que la ciudadanía pase cuentas con sus representantes con la máxima facilidad y transparencia.

Hay sistema de financiación como el norteamericano, en el que las aportaciones a los partidos y candidatos son libres y conocidas públicamente. Después, si alguien gobierna favoreciendo determinados intereses, se sabe cuáles son, es legal hacerlo, y la ciudadanía puede castigarlo o premiarlo al volver a votar. Y hay sistemas en que los partidos se financian exclusivamente con dinero público y con las cuotas de sus militantes, sin que exista la posibilidad de recibir aportaciones –anónimas o conocidas- ni de empresas ni de particulares. El problema radica en los sistemas parcialmente opacos y con mecanismos de fiscalización insuficientes, como sucede en España.

La regeneración democrática es tan necesaria como la confianza en el mundo político. No hacerlo es abrir la puerta a los populismos, es decir, a los que niegan la esencia de la democracia.

Joan Saumoy i Gregori

Sabadell, enero de 2013