Artículo publicado en el Diari de Sabadell el sábado 23 de marzo de 2013

Chipre ha sido portada en toda la prensa europea durante esta semana. El tema es el rescate económico de la banca chipriota por parte de la Unión Europea (UE), a causa de su quiebra generalizada al ser incapaz de asumir pagos y devoluciones de préstamos.

La UE y el FMI decidieron que parte del rescate sería pagado a cuenta de los depósitos bancarios en los bancos chipriotas. Pero la población y el parlamento de Chipre se negaron, dándonos toda una lección de cómo sublevarse ante decisiones injustas. Lógicamente, la ciudadanía que tiene algún ahorro ha saltado unánimemente en contra, y la mayoría del parlamento del país también, oponiéndose mayoritariamente.

Chipre es un país muy pequeño, con una extensión equivalente a menos de una cuarta parte de Catalunya, y con una población de poco más de 1’1 millones de habitantes. Sobre su peso económico, tan sólo hay que explicar que la comarca catalana del Vallés Occidental1 tiene un PIB bastante superior al de todo Chipre. La economía chipriota vivía años atrás a cuenta de un sector agrario centrado en los cítricos y de una pequeña industria textil, basada en precios baratos de fabricación. Actualmente, el sector agrario y la industria tan sólo generan el 21% del PIB, mientras que los servicios significan el 79% del PIB, básicamente con un poco de turismo y mucho sector bancario.

A partir de la aparición del euro, Chipre fue convirtiéndose en un miniparaíso fiscal, con bajos impuestos para las rentas empresariales y del capital (¡y eso con un gobierno de coalición de izquierdas liderado por los comunistas!). Eso provocó un crecimiento bancario importante, captando dinero especialmente de Rusia y Gran Bretaña, pagando intereses muy por encima de la media de los bancos europeos y rusos. Los bancos chipriotas dedicaron el dinero captado a invertir en deuda pública griega y a pagar altos intereses a sus depositarios, sobre todo a los extranjeros. La reestructuración de la deuda pública griega obligó a los bancos chipriotas a pedir dinero al Banco Central Europeo (BCE), hasta llegar al punto de no poderlo devolver. Es entonces cuando aparece la necesidad de rescatar a la banca de Chipre.

Como España, Chipre sufre un problema de quiebra bancaria. Pero, a diferencia de España, el parlamento chipriota se ha negado a que la ciudadanía asuma parte del rescate del sistema bancario. Ésta es una lección que, por una vez, nos han dado desde un país muy pequeño. De todas maneras, la negativa chipriota -del parlamento y de la ciudadanía- a hacerse cargo de la quiebra bancaria pone en graves problemas a los promotores del rescate, es decir, a la UE y al FMI.

Como siempre, la UE y el FMI se dan mucha prisa en resolver los problemas que afectan a los bancos y, sobre todo, a quienes prestan dinero a los bancos. Los rescates de Grecia y de la banca española no han sido más que salvar el bolsillo de bancos y cajas de ahorro de Alemania y de otros países del centro de Europa. De paso, salvaguardaban una pretendida honorabilidad general del sector bancario y financiero. Otra forma de explicarlo consiste en que la UE y el FMI han optado siempre por hacer pagar a la ciudadanía los desmanes de los bancos, sean de dónde sean. Y que cuando tocaba escoger entre ciudadania y entidades financieras, ni la UE ni el FMI han dudado nunca de qué lado ponerse. Mientras, los sectores políticos europeos han callado o han asentido, demostrando que quien manda de verdad en Europa es el sector financiero, bajo el indiscutido liderazgo de Mario Draghi, el omnipotente presidente del BCE.

En Catalunya y en España han quebrado centenares de miles de empresas y de autónomos. Y ni uno sólo ha sido rescatado por nadie. Pero en Europa centenares de miles de millones de euros han salvado bancos por todas partes. No es económica ni políticamente viable, pero tampoco es nada ético.

Si el futuro de la Europa del euro depende de un país con menos peso económico que la comarca catalana del Vallés Occidental es que la Europa del euro sufre una enorme debilidad. O Europa cambia, o va camino del precipicio. Años atrás se decía que Europa era un gigante económico pero un enano político. Ahora, desgraciadamente, va camino de convertirse también en un enano económico. Y todo ello, a costa de la ciudadanía europea.

Joan Saumoy i Gregori

Sabadell, marzo de 2013

1En Catalunya existe una división territorial formada por comarcas. Dicha división nació con la Segunda República y se recuperó con la democracia. El Vallés Occidental es la segunda comarca de Catalunya por población (900.000 habitantes), después del Barcelonés. Forman parte del Vallés Occidental ciudades como Sabadell, Terrassa, Rubí, Cerdanyola, Sant Cugat del Vallès o Montcada i Reixac.