Artículo publicado en el Diari de Sabadell el sábado 19 de octubre de 2013

 

Últimamente el 12 de octubre era un día relativamente tranquilo en Cataluña. En Madrid, sin embargo, había el típico desfile militar donde años atrás la moda consistía en silbar e insultar al presidente Zapatero. Visto que a Rajoy, a pesar de la terrorífica situación social, política y económica, nadie le pita, quizás sea porque el público habitual de los desfiles militares es más bien conservador -aparte de maleducado-.

 

Este año la noticia estaba en la Plaza Cataluña de Barcelona, donde el PP, C’s y entidades afines montaron una concentración reclamando que Cataluña es España. De entre los diversos errores que caracterizaron esta concentración, el primero fue no expulsar a los grupos no democráticos y contrarios a los derechos humanos que participaron. Unos grupos que, por cierto, están llenos de neonazis confesos. En concreto, nadie movió un dedo para apartar de la concentración a la Plataforma por Cataluña, al partido valenciano España 2000 y al Casal Tramuntana (grupo neonazi barcelonés). No se pueden dar lecciones de democracia ni de respeto a la legalidad cuando se acepta sin ningún tipo de problema la compañía activa de gente que, si gobernara, prohibiría sin manías artículos como este.

 

Otro error grave de la concentración del 12 de octubre en Barcelona fue considerarse la “mayoría silenciosa”. Esta mayoría silenciosa es la que el Once de septiembre no fue a la Vía Catalana y que tampoco fue a la Plaza Cataluña. Es gente que, por mucho que diga Alicia Sánchez Camacho, jefa del PP catalán, no se siente en absoluto representada por ella ni por los partidos y grupos que se manifestaron el 12 de octubre. Más allá de las habituales guerras de cifras, cuando uno saca a la calle unas decenas de miles de personas y las contrapone a cientos de miles debe reconocer que ha perdido. Guste o no, la realidad es la que es y no puede negarse. Posiblemente, la mayoría silenciosa la compone gente que está harta de debates nacionales, mientras las desigualdades crecen más que nunca. A veces puede parecer un capricho de élites salir a la calle a defender una nación -sea Cataluña o sea España-, cuando cada día hay más pobreza, tanto en Cataluña como en España.

 

La concentración del 12 de octubre no fue más que el intento de exhibir la presencia en Cataluña del nacionalismo español. Es sabido que todo nacionalismo necesita de otro como antagonista para justificar su existencia. Por lo tanto, no son creíbles las afirmaciones de integración de un nacionalismo español que sólo pretende anular la realidad social, cultural e histórica de Cataluña. Aquí se encuentra otro de los errores del 12 de octubre, cuando los organizadores tensan la cuerda de la convivencia en Cataluña. La necesidad de oponerse al nacionalismo catalán los lleva a tomar posiciones liquidadoras del hecho nacional catalán. Y ahora, lo que menos necesita la sociedad catalana es generar nuevas grietas, asustando a sectores de la población conforme vivirán como ciudadanos de segunda. La realidad es que hoy mucha ciudadanía catalana ya es de segunda por razones económicas.

 

Cataluña ha sido históricamente un modelo de integración. Hace muchos siglos que a Cataluña ha llegado gente de fuera, de Francia, de España y de todo el mundo. Y con un poco de esfuerzo de unos y otros hemos logrado una sociedad bastante cohesionada. Sólo hay que comparar la realidad actual de Cataluña con la de los nuevos países de los Balcanes o las repúblicas bálticas, dónde hay categorías de ciudadanos en función de su origen, con derechos diferentes.

 

El nacionalismo español en Cataluña tiene las horas contadas, especialmente por razones puramente demográficas: cada día queda menos gente nacida fuera de Cataluña procedente de la ola migratoria de los años 50 y 60. Son muchas más las personas hijas y nietas de esta inmigración que han alcanzado un nivel de integración absoluto, sin problemas y sin divisiones en función del origen. La lengua, incluso, sólo es un problema para quien no la quiere aprender. Para la inmensa mayoría no lo es ni lo ha sido. Sobran, por tanto, radicalismos que llaman a enfrentar personas: no hacen país, ni Cataluña ni España.

 

Joan Saumoy i Gregori

 

Sabadell, octubre de 2013