Artículo publicado en el Diari de Sabadell el sábado 26 de octubre de 2013

En las últimas semanas se han producido dos noticias terribles. La primera es la muerte de más de 350 personas en un naufragio en la isla italiana de Lampedusa a principios de octubre. Iban hacinados en una barca que naufragó. Se rescataron unas 150 personas, de las cuales 40 eran niños, viajando solos casi todos ellos. La mayoría de los ocupantes de la barca eran de origen etíope.

La otra noticia es la expulsión de Francia de una chica de 15 años, sacada de un autobús en plena excursión escolar. Con ella, fue expulsada toda la familia entera y enviada a Kosovo, lugar de nacimiento del padre.

El naufragio de Lampedusa ha provocado la conmoción generalizada en Europa. La respuesta de los gobiernos, sin embargo, ha sido una simple frase: “hay que evitar que vuelva a ocurrir“. Y entonces se ha disparado el debate sobre cómo evitar que lleguen estas barcas en Europa. Ni una sola palabra sobre las causas, ni una sola palabra sobre los derechos de estas personas. En Italia hay una ley promulgada por el gobierno de Berlusconi que castiga con penas de cárcel a quien ayude a un inmigrante ilegal. Esta ley provocó que las naves de pesca no se atrevieran a rescatar náufragos, condenándolos a morir ahogados. La situación en Italia ha llegado al esperpento después del funeral de estado celebrado esta semana. Se ha hecho en Sicilia, no en la isla de Lampedusa. No había ningún cuerpo presente ya que todos estaban enterrados en Lampedusa. Y los supervivientes tampoco estaban, al estar encerrados en un centro de internamiento para extranjeros irregulares, a pesar de tener familiares entre los muertos. El gobierno italiano decidió dar la nacionalidad italiana a los muertos. De dársela a los supervivientes, nada de nada.

El caso de la chica expulsada de Francia tiene componentes también surrealistas. El padre de la familia nació en un pueblo de la antigua Yugoslavia que, ahora, es Kosovo. Su pasaporte está caducado y es yugoslavo, un país hoy inexistente. La madre nació en Italia, donde también llegó de niño el padre. Se conocieron y se casaron, teniendo 6 hijos, cinco de ellos nacidos en Italia y el último en Francia. Por lo tanto, el gobierno francés ha expulsado a siete personas nacidas en la Unión Europea. La razón verdadera de la expulsión es que eran gitanos. Esto significa que hay europeos de primera categoría y de segunda categoría, situando las personas de etnia gitana en esta segunda categoría. Si alguien pretende dar el argumento de que al ser una familia gitana, era incívica, salvaje, etc., habrá que recordarle que todos los hijos -niñas incluidas- estaban escolarizados sin problemas.

La lista de Derechos Humanos vulnerados por las leyes que han permitido ambos casos es enorme. Y son gobiernos europeos quienes las tienen. Y la legislación nuestra es por el estilo, también. Pero todo ello esconde una hipocresía impresionante. Vivimos en la Unión Europea, que habla de la libre circulación de mercancías, capitales y personas. Pero no es cierto: es más fácil traer a Europa un plátano de África que una persona. Si la persona es rica, entrará y vivirá aquí sin problemas. Si es una persona pobre, no tiene derecho a venir aquí. El dinero de Qatar entra en el bolsillo del Barça con todas las facilidades del mundo. Pero si un paquistaní pretende salir de Qatar para venir a Barcelona, lo tiene casi imposible.

Nadie duda de que la Europa de hoy está llena de países democráticos. Podemos votar a nuestros gobernantes, a nuestros parlamentos, que hacen leyes y las aplican. No tiene nada que ver con las dictaduras, donde la opinión de la ciudadanía no vale para nada, teniendo que soportar gobernantes no democráticos y leyes elaboradas por un poder no elegido. Aún así, en la Europa del siglo XXI todavía hay leyes injustas. Y son leyes modernas, no del siglo XIX.

Pero a las personas que ya están aquí, nacidas aquí, se las expulsa, sólo porque son gitanos. Decimos que somos humanitarios, que somos la zona del mundo con más valores humanos y democráticos, pero no se nota. Con este panorama, parece que en la Europa actual los Derechos Humanos los hemos tirado a la basura. Y puestos a elegir, entre leyes injustas y personas, es indudable que hay que optar por las personas.

Joan Saumoy i Gregori

Sabadell, noviembre de 2013